Había construído miles de mundos perfectos a lo largo de los años, todos desvanecidos, olvidados en busca de otro mejor.
Todos le habían proporcionado cobijo en esos momentos desesperados, en los que una huída a cualquiera de ellos no representaba un refugio, sino una salvación. Con el tiempo todos esos esbozos se difuminaban, se esparcían confusos con su vida real. Y ella sonreía, cantaba, cogía otro lápiz y lo volvía a dejar. Después de los mundos fueron otras muchas cosas, no tan imaginativas y más cercanas a la realidad. Objetos que llenaron su mundo estrechándolo cada vez más, hasta que empezó a sentirse abrumada y, al final, expulsada de su propia burbuja. Explotar una burbuja es algo que puede llegar a ser complicadísimo y muy peligroso. Si se explota de la manera incorrecta, los atisbos de jabón pueden dañar más de un par de ojos indiscretos.
De mundos y burbujas,
A.E.